JR
Hace apenas 48
horas las redes sociales y los principales medios de difusión comunicaban y
difundían a una velocidad imparable la pérdida de una leyenda del baloncesto.
La repercusión estaba más que justificada porque el reconocimiento social de
una personalidad como la de KB explica por sí sola la dispersión de la noticia.
Facebook, Instagram y otras redes hacían trascender la pérdida del atleta y sus
acompañantes a rangos de dramatismo ciberestelar. Yo también estrujé mis manos
una contra otra cuando recibí la noticia. Me cagué en la niebla que malogró
la experiencia del piloto del helicóptero. Lloré con Le Bron, no la partida de
un amigo, pero sí la de un deportista amado por sus cualidades y su
competitividad. Me lamenté con mi compañera de la inmensa caída de una mujer
que perdía a su esposo y a su querida hija de un solo golpe. Terrible. Nos
preguntamos uno al otro cuántos años transcurrirían para recuperarse, si se
logra, de tamaño drama. Y a ello sumarle el resto de pérdidas de vidas humanas,
dos de ellas aún en su etapa más inocente. Doloroso. En extremo.
Pero, me
pregunto, ¿qué hacemos con ese episodio eclipsado por la prensa internacional de las tres niñas aplastadas por el derrumbe de un balcón habanero acaecido horas después? En el caso de Kobe, se emitió hasta una
fake news de años atrás para ilustrar la caída fatal del helicóptero. Pero en
el caso de estas inocentes cubanitas solo ha campeado la imagen del balcón
derrumbado. Y, cojones, permítanme soltar un sollozo porque yo tengo hija. Y tengo
mi nieto. Ambos en La Habana. Y si me los aplasta un trozo de hormigón extraviado,
por obra y gracia de la indolencia de la dictadura, juro que mi cerebro y mi
corazón no van a parar de clamar venganza.
No sé qué van a hacer los padres de
las chiquillas, pero de lo que sí tengo certeza es de que las redes sociales y los
medios tienen que amplificar esta tragedia. Y hay que doblarse de dolor. No son
famosas. No hay medallas, ni juego de las estrellas. Niñas con solo el trofeo de su disfrute de barrio. Humildes hasta la mismísima orilla de la angustia. Agazapadas en el pudor de la pobreza. Seguro habitaban espacios a
punto de demolerse que olían a keroseno. Sus panties posiblemente raídos. Las medias deshilachadas. Apenas usaban fragancias y desodorantes. Regresaban a casa para alimentarse de
un tentempié miserable para depués festejar la existencia con música barata. Ellas seguro que disfrutaron de los Grammys en algún TV
ajeno privilegiado con antena clandestina, y sabían quién era Kobe. Y chateaban por WhatsApp con miembros
de las redes como ustedes. Y se conectaban por WiFi para nutrirse de los chismes vecinales. Y trataban de descubrir el mundo en una más exacta dimensión. Pero su universo, el real, el decadente, se ha estado cayendo a pedazos desdichadamente desde que nacieron. Y esta
frase pudiera haber sido metáfora hasta que definitiva y fatalmente dejó de serlo.
Las víctimas mortales del derrumbe son María Karla Fuentes y Lisnavy Valdés Rodríguez, ambas de 12 años, y Rocío García Nápoles, de 11 años. En paz descansen.
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El primer reporte en medios internacionales aquí.
Ver respuesta tardía, breve y precariamente doliente de Díaz-Canel
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